Parte de los nativos y visitantes en los graderíos de la plaza central, con el eterno vigía, el Huinara, en el fondo.

Por Mario Cando

La mañana del sábado la plaza central de Jima luce bastante animada mientras varios lugareños se apresuran en poner a punto algunos preparativos para la celebración del día siguiente: el domingo 26 de abril se cumplen 18 años de su declaración como Patrimonio Cultural de la Nación.

Pasadas las 10h30 arriban a la plaza tres busetas del Gobierno Provincial del Azuay con una delegación de 50 personas entre periodistas, fotógrafos, creadores de contenido y caminantes comunes ligados al programa VisitAzuay quienes se unen a los caminantes locales. Este año VisitAzuay prevé recorrer 15 rutas turísticas. El sábado 25 de abril se pone en marcha la propuesta, a la vez que Jima inaugura la Ruta del Gavilán, un exigente trayecto de cerca de tres horas por las alturas del Huinara, a más o menos 3.025 metros de altura sobre el nivel del mar, 225 metros más alto en relación con el centro de la parroquia.

Mientras en el fondo montañoso el eterno vigía de Jima se abriga con el sol sabatino de abril, a un costado de la plaza se alza imponente la iglesia parroquial de San Miguel, coronada con su torre azul en la que cuelgan las campanas fundidas allá por el año 1500. Cuatro enormes columnas de zarar, también vestidas de azul, parecen sostener la torre, creando un conjunto arquitectónico ancestral único para la vital expresión religiosa de los jimeños y para el deleite de los visitantes.

Un cuadro viajero y el pantano: cinco siglos de fe, fuego y leyendas

La joya arquitectónica actual, que no solo desafía al tiempo, sino que resguarda la memoria colectiva de un pueblo que se negó a ver su fe reducida a cenizas, es el tercer intento, y auguramos que sea el definitivo, de erigir un santuario que contara la verdadera historia de la localidad.

La historia religiosa de Jima comenzó a escribirse alrededor del año 1530. Tras duros enfrentamientos de algunos jimeños con los nativos de la amazonía en sus intentos de colonizar el Oriente, llevando un cuadro de la Virgen del Rosario donado desde España, los pobladores regresaron con la decisión de construir una iglesia en su tierra.

Según el relato de conocedores de la historia, la intención original de los colonos era construir el templo al frente, en el sector de Ganillacta. Sin embargo, el cuadro desapareció misteriosamente de Ganillacta y apareció en el terreno actual de Jima, que en aquel entonces era un pantano inaccesible.

Aunque los pobladores trasladaron la imagen de vuelta a Ganillacta hasta en tres ocasiones, el lienzo siempre regresaba al mismo sitio. Entendiendo esto como un mandato divino, los pobladores de la época construyeron canales rudimentarios para secar el humedal y levantaron el primer templo.

La madera fue el alma y la debilidad de las primeras edificaciones. El primer templo, construido con abundante material forestal, sucumbió ante un devastador incendio. Dos siglos más tarde, la tragedia se repitió con la segunda iglesia: un peregrino que buscaba rendir homenaje encendió una vela y se quedó dormido, desatando un nuevo incendio que consumió el esfuerzo de generaciones.

«Construyamos algo grande, que no se queme y que no se caiga», fue la consigna de los antiguos pobladores tras el segundo siniestro. Así nació el diseño del actual templo de San Miguel.

Para evitar futuras desgracias, se levantaron paredes monumentales de entre 1.20 metros y 1.50 metros de espesor. Su base es un coloso de ingeniería comunitaria: piedras visibles de un metro en la superficie que se hunden metro y medio en la tierra, con bloques compactos de 50 por 50 centímetros.

El templo es también un monumento a la ecología nativa del pasado. Fue construido con materiales exclusivamente de la zona, destacando la madera del zarar, un árbol ancestral de dimensiones similares al eucalipto actual, pero que lamentablemente desapareció tras la introducción de especies exóticas que terminaron con la vegetación local.

Entre los secretos mejor guardados de la iglesia se encuentra una gruta interior. De este manantial se extrajo toda el agua necesaria para la monumental mezcla de la construcción, y el líquido jamás se agotó. Hoy en día, cada octubre durante las fiestas religiosas, cientos de fieles acuden a la gruta para llevarse el agua, a la cual le atribuyen propiedades sanadoras.

Más de medio milenio de historia

Con raíces que se hunden firmemente en la herencia de la gran nación Cañari, Jima conmemora este año hitos históricos trascendentales que reafirman su estatus como un pilar fundamental de la provincia y la tercera parte en territorio del cantón Cuenca.

Los relatos de Jima se respaldan con reliquias tangibles que superan los 500 años de antigüedad. En el corazón de la parroquia se custodian un lienzo de la Virgen del Rosario traído desde España y campanas de fundición cuyas inscripciones datan de los alrededores del año 1500.

La historia republicana de la parroquia está ligada indisolublemente a la gesta libertaria de la región. Tras la independencia de Cuenca, el célebre Juan Crisóstomo Shunio, último cacique jimeño y diputado de la época, trajo consigo el espíritu libertario para declarar a Jima como parroquia un 12 de noviembre de 1820. Este próximo noviembre, la comunidad se prepara para celebrar con orgullo sus 206 años de parroquialización.

Cada abril la localidad conmemora su declaratoria como Patrimonio Cultural de la Nación, un reconocimiento alcanzado gracias a su impecable arquitectura tradicional, visible en el centro parroquial y sus comunidades, donde imponentes casas de bareque han resistido con elegancia el paso del tiempo. El 25 de abril fue la celebración número 18. Esta mística atrajo en su momento a plumas ilustres como la del escritor Carlos Aguilar Vázquez, quien dedicó el quinto tomo de sus obras a retratar las vivencias de este pueblo.

El milagro del agua: de la Cordillera del Moriré a los canales de Jima

La vida y la economía actual de Jima no se podrían entender sin la titánica obra hidráulica que cumple un siglo de existencia. Hace cien años, las sequías extremas obligaban a los habitantes a migrar de forma nómada hacia el Oriente. Fue en esas travesías donde descubrieron la riqueza hídrica de la Cordillera del Moriré, en el macizo de Runaurco, a 23 kilómetros hacia el oriente en los límites con Morona Santiago.

Con esfuerzo comunitario se construyó el canal de Qillucachi, uno de los sistemas de riego más grandes y modulares de la provincia del Azuay, que contempla cerca de 16 kilómetros de conducción y 18 kilómetros de canales y tuberías. Al ser un agua que nace de fuentes ricas en minerales, nutre la tierra de una manera única.

«El agua de Jima tiene una calidad mineral excepcional, y ese es el secreto detrás de la excelencia de nuestra producción ganadera y hortícola», señalan las autoridades locales.

Además, desde hace dos décadas se implementó tecnología de punta en una represa en la zona alta, permitiendo que hoy en día Jima cuente con un sistema de agua 100% potabilizada. Al igual que en la capital azuaya, en Jima se puede beber agua pura directamente del grifo.

Potencia lechera y sabor artesanal

El motor económico de Jima es eminentemente ganadero: el 90% del comercio local gira en torno a la leche. La parroquia registra una impresionante producción diaria de 45.000 litros de leche, recolectados principalmente por industrias como Nutrileche a través de sus cuatro centros de acopio estratégicamente distribuidos.

Sin embargo, el valor agregado está ganando terreno. Los productores locales no solo sostienen la tradición del apetecido queso amasado, sino que han diversificado su mercado con la elaboración de queso mozzarella, yogur natural y yogur griego de exportación y alta calidad.

De este potencial da breve cuenta Rubén Eliseo Arias, de 63 años, actual propietario de Lácteos Mirador, cuyo producto estrella es el queso amasado por el que cada fin de semana recibe vistas de diferentes lugares de la provincia y del país.

La fábrica artesanal se fundó en 1974 durante el gobierno militar de Guillermo Rodríguez Lara que apoyó de manera firme el emprendimiento familiar, recuerda Rubén que en ese entonces era muy niño. Con él, hace 13 años, la fábrica en recuperación empezó produciendo cinco quesos amasados, hoy produce 400 libras diarias. Los emprendedores iniciales ya no están.

Turismo comunitario: la Ruta del Gavilán y senderos naturales

Tras saborear las inigualables porciones rectangulares de queso amasado, la caravana de senderistas empieza el breve camino hasta los pies del Huinara que se muestra imponente, desafiante, y abre sus puertas al ascenso por senderos escarpados, sinuosos, agotadores. De cuando en cuando salen a nuestro encuentro angostas y cristalinas corrientes de agua que bajan desde lo alto del cerro y calman la creciente sed de los aventureros. Varios de ellos no resisten el reto y se desvían por un sendero intermedio renunciando a recorrer la cima del vigía. La mayoría no se arredra y cumple con éxito, luego de tres horas de esfuerzo extremo, la Ruta del Gavilán.

El proyecto turístico arrancó en 2019 y desde 2023 cuenta con señalización homologada y bajo normativas técnicas internacionales para recibir a los excursionistas.

Naturaleza, cultura, aventura y el rescate de la identidad local se fusionan en la propuesta turística comunitaria que busca posicionarse como uno de los destinos imperdibles de la provincia. Impulsada originalmente por los habitantes de la zona y el GAD Parroquial, la iniciativa ha recibido un fuerte impulso técnico y promocional por parte de la Prefectura del Azuay a través de su plataforma VisitAzuay.

La ruta propone un circuito de 4.5 kilómetros en total, que inicia en el centro parroquial de Jima hasta alcanzar el vértice extremo en la cima del Huinara.

Este punto estratégico funciona como una divisoria de aguas que da origen a pequeñas microcuencas del territorio. Además, la zona destaca por sus formaciones rocosas que históricamente albergaron una imponente población de gavilanes. Aunque la presencia de estas aves ha disminuido debido al avance de la frontera agrícola y pecuaria, los promotores destacan que, con un poco de suerte, los visitantes aún pueden presenciar el sobrevuelo de la especie, un espectáculo que solía ser diario en el centro parroquial.

Desde la Prefectura del Azuay se informa que la gestión de esta propuesta comenzó hace tres años con el levantamiento de fichas técnicas, intensificándose hace dos años con la creación de la plataforma digital Visit Azuay. Actualmente, el gobierno provincial apoya al territorio mediante tres ejes transversales: capacitación a los comuneros, señalética turística en los senderos y promoción continua.

Frente al reto de proteger el ecosistema, las autoridades y técnicos enfatizan que la ruta cuenta con senderos claramente definidos para mitigar el impacto ambiental y controlar la capacidad de carga. Hacen un llamado enérgico a la corresponsabilidad de los visitantes. El trayecto es pet-friendly (amigable con mascotas), pero se exige a los turistas mantener una estricta conciencia ecológica: no salirse de los senderos delimitados y retornar con todos los residuos plásticos o basura que generen.

El agua amenazada

Con el cansancio en el cuerpo y cierta debilidad en las pisadas vamos bajando por el flanco contrario al recorrido hace tres horas y entonces se abre la sorpresa anunciada al inicio del ascenso, pero es más impresionante de lo que se pensaba, al pie de ese lado del cerro está uno de los dos túneles de aproximadamente 60 metros de longitud, construidos con pico y pala en 1975 y 1986 con la finalidad de canalizar el agua del Sistema de Riego Quillucachi para las comunidades colindantes.

El agua baja cristalina desde las estribaciones de la cordillera del Moriré, a 3.400 metros sobre el nivel del mar, en el límite de Azuay y Morona Santiago, y se encausa en el sistema de riego de aproximadamente 16 kilómetros, pero no corre en libertad como debería entenderse, desde sus nacientes fluye ya amenazada por la acción de la minería metálica.

Son 1.800 hectáreas concesionadas a la empresa Minera Cachabí Cía. Ltda., revela el presidente del Gobierno Parroquial de Jima, Víctor Marín, pero la población “ha resistido y no les ha permitido ingresar… y no van a ingresar”, advierte Marín, porque “si bien el nombre de la fuente es contradictorio, allí nace la vida”.

Tranquilizados por el firme anuncio de la autoridad los caminantes que “llegan vivos al otro lado del cerro” se quitan el calzado y completan el sendero sobre la superficie de piedras del túnel en una especie de terapia que pone el cuerpo en contacto directo con la energía de la Tierra. Los defensores de esta práctica sostienen que caminar descalzo permite la transferencia de electrones libres desde el suelo hacia el cuerpo, lo que ayuda a reducir la inflamación, mejorar el sueño y equilibrar el sistema nervioso.

El centro parroquial de Jima desde las alturas del Huinara.

Los vinos «Big House»

Con la energía de la montaña y el agua, la caravana se dirige al huerto Big House o Casa Grande donde la familia Argudo Shunio produce desde hace más de 40 años sus exquisitos vinos de frutas que se distribuyen en el lugar, de manera personalizada.

La propiedad familiar se enfocaba en la producción agrícola y frutícola, contando actualmente con manzanos de más de 60 años.

La producción de vino surgió tras la visita de unos ciudadanos británicos, quienes, inspirados por la riqueza de las frutas locales, compartieron con la familia una receta tradicional de Inglaterra. Tres hermanas adaptaron la fórmula británica a la materia prima disponible en la zona, iniciando la producción de manera atípica con diente de león. A través de un proceso de prueba y error, expandieron la variedad a otras frutas y plantas de la comunidad.

Los vinos de Casa Grande se caracterizan por su elaboración 100% artesanal y de edición limitada. No operan como una fábrica masiva; la producción se realiza en cantidades pequeñas aprovechando las frutas de temporada para evitar su desperdicio.

Hay vinos de manzana, mora, maíz negro, diente de león, uvilla, catzo y otras frutas de la propiedad. Los favoritos del público son los de maíz negro, manzana y diente de león. Se comercializan de manera exclusiva y directa en la propiedad (Casa Grande), en Jima, aunque el renombre de la marca ha permitido envíos puntuales a Cuenca y otras partes del país.

El nombre de la marca rinde homenaje a la imponente casa familiar, un espacio con décadas de historia que llegó a albergar a una familia numerosa de 12 hermanos y sus descendientes. Para rescatar la identidad de Jima, el etiquetado del vino lleva como insignia e imagen principal la fachada de esta emblemática infraestructura.

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