Del muro de María Dolores Roura
Para un gobierno medianamente normal, racional y consecuente, las predicciones del clima que proyecta un “fenómeno del niño” devastador entre los meses de febrero y marzo de 2027, servirían para diseñar un plan de prevención de inundaciones y afecciones en las zonas donde, generalmente, ocurren. Diques, muros de contención, limpieza de sumideros y bordillos, mejora de sistemas de desalojo de agua, etc. Además, al coincidir con un proceso electoral, coordinarían con el CNE para cambiar recintos de votación donde, pese al trabajo de prevención, se calcula que de todas maneras se producirán los estragos, pero no, a nuestro Roy Gilchrist (no el explosivo y polémico jugador de críquet de las Indias Occidentales, durante la década de 1950)*, lo único que se le ocurre es aprovechar el pronóstico para adelantar elecciones y así intentar detener su declive de aceptación popular, lo más pronto posible.
Es tan genio el niño fenómeno que tenemos como gobernante, que reconoce que muchos ecuatorianos tendrán el agua hasta el pecho mientras dure el fenómeno natural, demostrando que, entre sus prioridades, no está solucionar o por lo menos disminuir las afecciones, quedando en evidencia, una vez más, su poca empatía con los ciudadanos que siempre son los que sufren las consecuencias de catástrofes naturales. Las posibles inundaciones le importan un comino, así como no le preocuparon ni preocupan las predicciones de estiaje que nos dejó hasta 14 horas sin energía eléctrica y que solo sirvieron para realizar compras apresuradas y fraudulentas de generadores que hasta hoy no generan nada, más allá de millones que se repartieron entre estafadores a gran escala.
Las predicciones climatológicas las realizan científicos y estudiosos del comportamiento del clima, con el propósito de que las instancias de decisión tomen las medidas pertinentes y se preparen para afrontar las posibles afectaciones; bajo ningún punto de vista son predicciones matemáticas ni exactas porque variarán de acuerdo a condiciones y contextos climatológicos que cambian de un día para otro. No son predicciones de adivinos para que los irresponsables hagan las apuestas de si se van a cumplir o no.
(*) El paréntesis es nuestro.
