Juan Pablo Guillermo, presidente del Gremio de Artesanos Pirotécnicos del Azuay.

Durante la semana del Corpus Christi, o Septenario, el gremio de Artesanos Pirotécnicos del Azuay se activó de manera especial para dotar a los priostes de la celebración la mayor cantidad posible de los tradicionales castillos, vacas locas, y varios otros elementos que llenaban de luces y algarabía el cielo cuencano y el ánimo de los miles de asistentes al parque central de la urbe.

La jornada que funde la ancestralidad cultural andina con las manifestaciones de la religión católica viene de muchas décadas atrás, quizás desde el momento mismo de la fundación de Cuenca, según Juan Pablo Guillermo, que refiere las versiones de sus antepasados cercanos, en una larga cadena que se pierde en el pasado.

Según los registros encontrados en algunos libros, la pirotecnia en Cuenca es visible desde 1700, y con el paso de los siglos la tradición lumínica ha ido mejorando hasta los actuales castillos que se queman en el Parque Calderón y en las celebraciones más fastuosas de los pueblos y comunidades, expresa Guillermo.

“La pirotecnia es cultura, es arte, es tradición, y es fomentar también el turismo y los actos religiosos a nivel (local, regional y) nacional, tanto familiar, tanto para la gente que viene de otros países a degustar nuestra cultura, nuestra gastronomía”, dice.

Cuenta que la habilidad en la pirotecnia, en la elaboración de los numerosos objetos que animan todo el año las fiestas de los pueblos, viene como herencia familiar, “de padres a hijos se van traspasando las fórmulas, los conocimientos que no hemos dejado morir”.

En esta perspectiva el gremio impulsa una serie de gestiones para que la pirotecnia del Azuay sea declarada patrimonio inmaterial del Ecuador. La tradición artesanal merece ser reconocida, así como los esfuerzos de los artesanos para mejorar los procesos productivos, las fórmulas químicas para reducir el humo, el ruido, mejorar la luminosidad y bajar en gran medida los riesgos.

Décadas atrás sí era un trabajo muy peligroso, ahora ya no, hemos tenido cursos de capacitación por parte de la Universidad, de la Junta del Artesano, Cuerpo de Bomberos.

En el plano familiar, Juan Pablo Guillermo cuenta que la suya sería la quinta generación de constructores, “de lo que se conoce”. Investigando en la familia “solo sabemos es que el papá del papá de mi abuelo ha sabido trabajar en esto. El papá se ha sabido llamar Manuel Guillermo; después queda el papá de mi abuelo, Juan José Guillermo; después queda mi abuelo, Manuel Encarnación Guillermo; después quedó mi papá, Julio Guillermo, falleció y actualmente yo sigo la tradición”. Juan Pablo aun no tiene hijos pero varios de sus sobrinos ya están encaminados en la artesanía, así como algunos trabajadores externos.

Guillermo tiene su taller en Miraflores, alejado lo conveniente (50 m) de su domicilio para prevenir cualquier riesgo; tiene el permiso de las Fuerzas Armadas, cada dos años, autorización del uso del suelo, permiso de los Bomberos.

Con las Fuerzas Armadas, cada tres meses deben presentar un informe de ingresos y egresos de las sustancias químicas utilizadas: clorato de potasio, nitrato de potasio, nitrato de bario, nitrato de estroncio y varias otras sustancias para dar color, y sobre todo la pólvora, relata el artesano.

Todos estos elementos, más el carrizo, dan estructura y vida a los castillos, vacas locas, toros locos, conejos, locos, cuyes locos, venados locos, cohetes, voladores y tantos otros objetos que entusiasman a los espectadores y sus constructores.

Una lucha desigual la implementan sobre todo contra la pirotecnia china “que mucho daño nos está haciendo últimamente, generan mucho ruido y la gente piensa que nosotros lo hacemos, y no es así porque evitamos al máximo la colocación de cohetes y truenos en los castillos, enfatiza Guillermo.

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