Homero Uyaguari, uno de los referentes de la construcción de Guitarras en Azuay.

Cuentan que desde hace numerosas décadas las cautivadoras vibraciones de las guitarras se unieron en San Bartolomé al infinito canto cósmico y entonces el susurro del viento, las cristalinas voces de arroyos y manantiales, el gorjear de los pájaros, la palpitación de las abejas, quindes y mariposas, las voces crepusculares, el canto de los amaneceres, tienen un pentagrama propio, único, que se inflama en sinfonías e inunda el montañoso ambiente comunitario andino.

Quienes aún se niegan a envejecer, pese a la carga de los años, dan cuenta que cuatro o cinco décadas atrás los sonidos de las sierras, serruchos, cepillos, martillos y formones no se apagaban en los talleres de los luthiers (constructores de guitarras), que eran muchos en San Bartolomé y proveían de instrumentos musicales de alta calidad a los almacenes de Cuenca, del país y también a nivel internacional.

Guitarras, guitarrones, requintos, mandolas, mandolinas, charangos, tiples, de vez en cuando algún violín, salían de los talleres para encantar con sus sonidos las habilidades de los instrumentistas y cantantes, y los oídos de los más rigurosos melómanos.

Hace unas dos décadas serían unos 20 constructores que dinamizaban la economía san bartolomense, en articulación con las labores agrícolas, ganaderas, tejido del sombrero de paja toquilla y otras artesanías, hasta el punto de que a la parroquia sigsense se le empezó a conocer como la Ruta de los Guitarreros o Ruta las Guitarras.

Al día de hoy, ese número se ha reducido a nueve y seguirá bajando de no mediar acciones firmes que revaloricen esta artesanía especial, blindándola de la irrupción de los instrumentos fabricados en serie, especialmente las guitarras chinas, de plywood (contrachapado), de cartón prensado u otros materiales efímeros que ha erosionado el dinamismo de los talleres artesanales, con la consecuente contracción de las economías; súmese a ello la migración y la avanzada edad de varios de los luthiers. Esta constatación la palpamos recorriendo la Ruta de las Guitarras, uno de los 15 itinerarios del programa VisitAzuay del Gobierno Provincial del Azuay.

El origen: una chispa de curiosidad

La tradición artesanal de San Bartolomé se remonta a más de un siglo y, de acuerdo a diversas versiones coincidentes, todo comenzó con una anécdota familiar protagonizada por Isidoro Uyaguari, considerado el patriarca de los luthieres de la zona.

La historia relata que don Isidoro, impulsado por una inmensa curiosidad al tener una guitarra en sus manos, decidió desarmarla por completo para descifrar el misterio de su acústica, su estructura y sus proporciones. Tras analizar meticulosamente cada pieza, volvió a armarla con éxito, dándose cuenta de que en sus propias manos y en las maderas de su entorno tenía la capacidad de replicar y perfeccionar el instrumento. A partir de ese momento, lo que comenzó como un experimento se convirtió en el oficio y el sustento de toda una dinastía familiar.

La transmisión del saber y el auge del oficio

El conocimiento de la luthería en San Bartolomé no se aprendió en academias, sino en el calor de los talleres caseros, transmitiéndose de forma oral y práctica de generación en generación, de padres a hijos, de abuelos a nietos.

Con el paso de las décadas, apellidos como Uyaguari, Quichimbo, Benalcázar y Landi se volvieron sinónimos de instrumentos de altísima calidad. Los talleres comenzaron a proliferar, expandiéndose notablemente en sectores como Sigsiliano y Panzha. Además de guitarras clásicas y acústicas, los artesanos diversificaron su producción hacia otros instrumentos de cuerda fundamentales para la música folclórica y tradicional de la región.

La calidad del sonido de las guitarras de San Bartolomé cruzó fronteras. Artistas nacionales e internacionales han elogiado el trabajo de estos artesanos. Una anécdota muy recordada es la del reconocido músico español Enrique Bunbury, quien en su visita en 2009 quedó cautivado por el misticismo del lugar y reavivó públicamente el apelativo de «Cuna de las Guitarras».

El alma de una guitarra de San Bartolomé radica en dos factores esenciales: la rigurosa selección de la materia prima y una paciencia inquebrantable durante el proceso de secado natural de la madera.

Los artesanos combinan maderas locales: capulí, aliso, nogal, con maderas de importación: cedro, pino, palo de rosa, ébano, caoba, para lograr el equilibrio perfecto entre resistencia, estética y resonancia

Homero Uyaguari, una tradición que nace en el hogar

Para el maestro luthier de 68 años, la fabricación de guitarras no fue una elección casual, sino una herencia. Aunque su padre, Ángel Benigno Uyaguari, ya había dejado el oficio, sus hermanos mayores lo aprendieron pronto y le transmitieron los conocimientos cuando tenía 14 años de edad.

«Yo en lo que venía de la escuela, más era por ayudar, más era por dañar antes que por trabajar… pero de ahí fui subiendo poco a poco», relata. Hoy en día acumula más de 50 años de trayectoria y ha confeccionado más de 1,000 guitarras a lo largo de su vida.

A diferencia de los instrumentos importados que inundan el mercado, en este taller el trabajo es enteramente artesanal. Una guitarra económica se fabrica en 5 o 6 días, mientras que un instrumento personalizado de alta gama puede tomar hasta 30 días.

La calidad del sonido depende de la paciencia y de la estructura interna de la caja acústica. Si el ensamble interno falla, la guitarra no suena bien, «parece que se está golpeando un balde viejo».

Variedad de instrumentos y costos

El taller no solo fabrica guitarras estándar, las cuales mantienen una medida y escala fija, sino que se adapta a diseños que los clientes envían por WhatsApp: mandolinas, de 8 cuerdas, mandolas, de 15 cuerdas. Los precios oscilan entre los USD 120 hasta los USD 350 y USD 1.200. De sus manos salió la guitarra encargada por el cantante español Enrique Bumbury.

De sus 10 hijos, tres de ellos continúan activamente con la tradición de la luthería. El taller también ha sido un centro de difusión del conocimiento. El maestro llegó a dictar un taller para 26 personas, entre los que se encontraban médicos, ingenieros y abogados interesados en construir su propia guitarra.

Otra de las herencias familiares

Lo que inició hace décadas como un oficio comunitario en la llamada ruta de los guitarreros, hoy se mantiene vivo gracias a la persistencia de don Emiliano Uyaguari, de 73 años, y su hijo Ítalo, quienes defienden el valor del instrumento de madera real frente a la competencia del mercado extranjero.

Ítalo Uyaguari explica parte del proceso constructivo.

Don Emiliano Uyaguari comenzó en el oficio a los 14 años, consolidando su producción constante a partir de los 25 años. Fue de los primeros en su comunidad en aprender la técnica, gracias a un antiguo poblador de la zona, posteriormente la transmitió a sus hermanos, Juan, Homero, y a sus hijos.

Su hijo Italo aprendió el oficio entre los 8 y 10 años de edad. Aunque hoy combina la luthería con la albañilería debido a las fluctuaciones económicas, mantiene intacto el conocimiento familiar.

En su apogeo, la zona llegó a intentar consolidar una asociación de 19 artesanos guitarreros, hoy en día, apenas cuatro o cinco personas continúan con la labor de forma independiente, cuenta Ïtalo.

La calidad de una guitarra radica en su materia prima, subraya, madera maciza y natural, sin láminas prensadas. Entre las maderas preferidas cita el aliso y el cedro traído del Oriente; además pone énfasis en maderas de reciclaje de alta calidad como el capulí extraído de vigas y troncos de casas antiguas, con más de 50 años de antigüedad. Al estar perfectamente seca, esta madera otorga una calidad acústica superior.

Las combinaciones que ofrecen mejor acústica son pino con capulí, pica o mango, este último traído de la Costa. Para instrumentos de alta gama se emplean maderas selectas como el palo de rosa y la caoba.

“Antiguamente mi papá sacaba las hojas de madera a puro serrucho; se levantaba a las 3 de la mañana para tener dos láminas listas a las 7 de la mañana. Hoy usamos sierra circular, pero el cepillado y el ensamblaje siguen siendo completamente a mano”, relata el maestro.

Tiempos de elaboración y costos

La producción se divide según el nivel de detalle y los lujos: incrustaciones en los filos o acabados especiales que solicite el cliente.

Una guitarra económica la puede fabricar entre 15 y 21 días, desde USD 100 hasta USD 180.

En un instrumento de gama media (pino, mango, capulí), puede demorarse hasta dos meses; su precio fluctúa entre USD 250 y USD 700.

En una guitarra de gama alta el tiempo que sea adecuado, sus costos van de USD 2.000 a USD 2.500

Antes don Emiliano producía con facilidad 6 guitarras al mes para abastecer plazas y reconocidas academias de música de Cuenca, quienes compraban lotes de hasta 10 instrumentos para sus estudiantes, ahora la producción ha bajado drásticamente a unas 3 o 4 guitarras cada tres meses. El cliente actual es, primordialmente, el músico conocedor o el coleccionista que sabe apreciar la acústica real, comenta el constructor.

Durabilidad y ventaja

Frente al producto importado, los artesanos defienden la durabilidad del instrumento cuencano:

A diferencia de las guitarras importadas de cartón prensado que se deforman definitivamente con la humedad, las guitarras de San Bartolomé, al ser de madera real, pueden volver a pegarse y calibrarse sin perder sus propiedades si sufren algún accidente.

Una guitarra económica bien cuidada, guardada de forma vertical o colgada en la pared, puede superar fácilmente los 15 años de vida útil manteniendo su sonoridad.

La herencia de la paja toquilla

 La destreza del moldeado de la naturaleza no solo sedujo a los hechizados por el alma de la madera sino que se anidó en las manos de la mujer san bartolemense para el entrelazado de las fibras de paja toquilla en la creación de los ancestrales sombreros que durante varias décadas sostuvieron en gran medida la economía azuaya.

De estas aptitudes nos habla Zenayda Bravo, una reconocida artesana de 67 años, a quien la encontramos en su modesta vivienda taller ubicada en la calle Ruta de las Guitarras del barrio Guanña Central. Ella aprendió el oficio a los ocho años y poco a poco se fue convirtiendo en el sustento diario del hogar.

En la actualidad, a través del negocio familiar que maneja junto a su hija y sus nietas, doña Zenaida mantiene viva una tradición que, aunque enfrenta momentos de baja demanda, sigue siendo el motor de su taller artesanal.

Con casi 60 años de experiencia, la artesana se destaca por su rapidez al tejer; es capaz de confeccionar un sombrero «grueso» en un solo día, mientras que los diseños más elaborados y finos, como el estilo chullado, requieren entre tres y cuatro días de trabajo continuo.

Debido al desgaste natural de su visión ahora teje utilizando lentes y se enfoca principalmente en los sombreros gruesos, ya que el tejido ultra fino le resulta difícil de realizar.

El taller ofrece sombreros blancos tradicionales, teñidos, modelos a crochet, sombreros estilo coco, ideales para jóvenes, y diversas artesanías como joyeros en forma de corazón.

Actualmente, el mercado del sombrero de paja toquilla se encuentra «paralizado» y los precios han bajado. Los sombreros para jóvenes se comercializan entre USD 17 y 20, siendo USD 25 el precio máximo alcanzado en épocas mejores.

Trabajan de manera independiente (no pertenecen a ninguna asociación). Su hija se encarga de la distribución a gran escala, enviando por cartones los joyeritos y sombreros por docenas hacia mercados como Quito y Azogues.

Tierra de Manzanas y Maíz

Históricamente, sus fértiles campos andinos, situados a unos 2.800 metros sobre el nivel del mar, han sido el sustento de sus habitantes. Aunque el maíz, las ocas y los mellocos han sido la base agrícola desde la época cañari, el pueblo se ganó con el tiempo el apelativo de «la tierra de las manzanas», debido a la excelente calidad y sabor de este fruto introducido, que se cultiva en casi todos los huertos familiares.

Sin embargo los cambios cruciales en el equilibrio ambiental que se aceleran por las múltiples acciones hostiles de los grupos de poder económico, con la complicidad de los gobiernos de turno, van devaluando la calidad de los productos como el caso del maíz que hoy enfrenta amenazas como la invasión de gorgojos que ha dañado muchas de las siembras, según relata Marisol Guartatanga, presidenta del Gobierno Parroquial.

La producción de manzanas tampoco va del todo bien, solo hay que traer a memoria que décadas atrás el cantón Sígsig era el epicentro de los fabulosos festivales de la manzana que año tras año atraían a centenares de visitantes que disfrutaban de las bondades de estas tierras, de su patrimonio arquitectónico vernáculo, de su iglesia tradicional, de las playas de Pamar Chacrín y de varios otros atractivos, subraya la presidenta del Gobierno Parroquial.

Playas de Pamar Chacrín, un lugar clave para el descanso.

Herencia prehispánica cañari y de la colonización española

Según relata Marisol Huartatanga, y de acuerdo a datos alojados en las plataformas de Internet, la historia de la parroquia San Bartolomé es una rica mezcla de herencia prehispánica cañari, colonización española y una profunda tradición artesanal y agrícola que le ha otorgado el estatus de Patrimonio Cultural de la Nación.

Antes de la llegada de los conquistadores españoles, este territorio estuvo densamente poblado por la cultura Cañari. En tiempos prehispánicos, el lugar no se llamaba San Bartolomé, sino Arocxapa o Arucshapa.

Según las crónicas coloniales, como las de Fray Domingo de los Ángeles, en 1582, este nombre proviene de la lengua cañari: Aroc o Aruc que significa concha o cartucho y Shapa que significa flor, haciendo referencia a la gran abundancia de unas flores nativas con esa forma que cubrían los campos de la zona. Las investigaciones históricas relatan que el territorio estaba en constante disputa y organización bajo el mando de caciques locales; se recuerda, por ejemplo, las disputas territoriales y de liderazgo entre parcialidades lideradas por linajes como los Guartatanga y los Atarihuana.

La Fundación Colonial (1574)

La señorial iglesia de San Bartolomé.

Con la colonización española, el asiento cañari fue seleccionado para establecer una «reducción de indios». San Bartolomé fue fundado legalmente el 16 de abril de 1574 por Don Alonso de Cabrera, bajo las órdenes del visitador de la Real Audiencia, el Licenciado Francisco de Cárdenas.

Debido a esta temprana fecha, San Bartolomé se erige, junto con Paccha, como una de las parroquias más antiguas de la provincia del Azuay. Siguiendo la costumbre de la época, los españoles rebautizaron el lugar anteponiendo el nombre de un santo católico a la denominación indígena, quedando registrado como San Bartolomé de Arocshapa. La fundación religiosa formal y la consolidación de su devoción se registran fuertemente hacia agosto de 1726, estableciendo al apóstol San Bartolomé como el protector espiritual del pueblo.

Evolución Político-Administrativa

A lo largo de los siglos, los límites y las dependencias de San Bartolomé variaron de acuerdo a las reformas territoriales de la región:

Durante la colonia y los inicios de la república, estuvo muy vinculada a la jurisdicción de Cuenca y Gualaceo.

El 16 de abril de 1864, mediante un decreto del Congreso Nacional, la parroquia fue incorporada temporalmente al naciente cantón Gualaquiza.

Finalmente, con la posterior reorganización territorial de la provincia del Azuay y la creación del cantón Sígsig, San Bartolomé se integró de forma definitiva como una de sus parroquias rurales más importantes.

El centro histórico de la parroquia conserva una arquitectura popular de gran valor, caracterizada por edificaciones de adobe, madera y teja que se adaptan perfectamente a la topografía de la Cordillera Oriental, lo que motivó su declaratoria como patrimonio.

En la actualidad, San Bartolomé celebra su parroquialización cada 16 de abril y sus solemnes fiestas patronales cada 24 de agosto, ocasiones en las que la comunidad revive su historia a través de la música de cuerdas, su gastronomía típica, donde el cuy y el pan artesanal son protagonistas, y la transmisión de sus leyendas locales, fuertemente ligadas a la cosmovisión andina y a la sagrada montaña del Fasayñán.

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