En la red. (Un testimonio desde la raíz de la medicina)
Nadie se toma una pastilla si no le duele nada.
Porque sabemos que toda medicina, mal usada, puede intoxicar.
El tambor funciona igual.
No es un instrumento. Es una medicina.
Y como tal, no se puede usar a la ligera.
He visto cómo se banaliza.
Cómo se coge un tambor como quien coge una guitarra.
Cómo se convierte en accesorio para aparentar conexión…
cuando lo que falta es raíz.
Pero el tambor chamánico no es un recurso escénico ni un objeto de identidad espiritual.
Es una medicina antigua, poderosa y viva.
No se usa por capricho.
No se toca por moda.
No se lleva a cualquier lugar, a cualquier hora, por cualquier motivo.
Como toda medicina, el tambor tiene su momento, su dosis, su canal.
Y no se ofrece si no se ha establecido la conexión con él.
Con su espíritu. Con su energía. Con su intención.
El tambor espanta espíritus, alinea centros, limpia espacios,
reconecta el púlsar del cuerpo con el púlsar de la Tierra…
y con el del Universo.
Y quien lo sostiene debe poder sostener también la vibración que se mueve a través suyo.
Porque no es un simple ritmo:
es un rezo, una invocación, una apertura.
Y cuando se abre, hay que saber qué se llama…
porque a veces se invoca una cosa, y aparece la contraria.
Por eso hay que estar presente, consciente, anclada.
Conocer qué se mueve, hacia dónde se dirige, qué fuerza despierta.
No es un tambor para “cantar”.
Es un tambor para elevar el canto.
Y elevar un canto es abrir un canal.
Y abrir un canal no es un gesto bonito.
Es un acto de poder.
Yo sentí el llamado del mío en una ceremonia.
Muchos tambores sonaban, pero uno solo me atravesó.
No con el ritmo.
Sino con el alma.
Ese era el mío.
No lo busqué. Me encontró.
Fue concebido con una piel especial, recogida en un momento preciso,
bajo una luna con propósito, en un lugar con memoria.
Creado por unas manos sabias, y ritualizado por alguien que conocía esa medicina.
Cuando me llegó, no venía solo.
Venía con instrucciones precisas:
antes de ofrecer su medicina, debía presentarlo.
Y esa presentación no es un gesto decorativo:
es un rito.
En mi caso, el rito fue un trance profundo.
Cuatro o cinco horas… no lo recuerdo exactamente.
Solo sé que fueron horas que se sintieron como minutos.
Y ahí se estableció el vínculo.
El canal.
El compromiso.
Desde entonces, no lo toco a la ligera.
A veces duerme.
A veces reposa años.
Porque su fuerza no se mide por cuántas veces suena…
sino por cuánto silencio puede sostener.
Y me duele verlo usado como herramienta vacía
en talleres donde se promete conectar con el animal de poder,
pero lo único que se activa es el delirio colectivo.
Gente que cree estar viajando, pero apenas se desconecta.
Gente que cree estar guiando, pero solo repite fórmulas sin alma.
El tambor no es para sostener fantasías espirituales.
Es para abrir realidades invisibles.
Y eso exige presencia.
Responsabilidad.
Y verdad.
Cuando alguien lo toma sin haber sido llamado,
cuando lo usa sin haberlo encarnado,
está faltando el respeto a quienes custodian esta medicina desde la raíz.
El tambor no está para parecer chamán.
Está para deshacer personajes.
Y si no estás dispuesta a sostener lo que despierta,
si no conoces lo que invocas,
si no hay silencio dentro…
no lo toques.
Porque el tambor no se toca.
El tambor te toca.
Y si no hay llamado…
honra el silencio.
🌀Quien escuche más allá del texto, sabrá que esto apenas roza la superficie.

